Entradas

Hay algo que sé.

Ya casi es verano y siento que nada ha cambiado. Que sigo teniendo esa tendencia a tragarme una aguja que me ayude a encontrar el agujero por donde todo se escapa.  Anteayer me tragué accidentalmente un chicle. Me gusta pensar que sigue dentro de mí, pegado a las paredes de mi garganta o de mi estómago, y que por eso últimamente me siento más dispuesta.  Tolero cada dolor como si viniese del chicle, sino hace tiempo que me habría dado por perdida y me hubiese abandonado como se hace con los animales de compañía cuando ya no se precisa.  No sé qué pretendo con este texto. Quizás reconciliarme con el suelo -que en estos meses lo he tocado mucho- o quizás levantarme y hacer ese papel de madre y darme un beso en la rodilla  a pesar de saber que esta herida tendrá costra.  Pero no ejerzo ninguna de estas funciones. Dejo que se infecte y que supure y que me duela. Y doy de cuenta al chicle cuando me duele de más  y pienso que todo viene de él y que es por eso....

Las formas físicas.

Bendita sea la falsa cordura que un día me alumbraba y que mis manos no sabían apreciar.  Me siento como un niño en la feria que se va con quién primero le promete el algodón de azúcar.  Me he frotado la piel con un paño hasta hacerme sangre y todo por olvidar. Todo por esta condición de supura,  porque a mí los recuerdos me crecen en los poros.  Como gustaría de ser una planta con su flor en el tallo. Como gustaría de cualquiera que viniese a partirme y llevarme a casa.  Total, ahora ya me parto y no tengo casa. Con el egoísmo propio de la condición humana envidio a todo lo que no lo es. 

La goma de mascar.

Mamá siempre tenía algo con las paredes del estómago, yo siempre lo tuve con la garganta.  A mí me preocupa más atragantarme que morirme. Son silencios muy distintos. Hoy me he tomado tres tazas de café, sigo teniendo sueño. Pero el corazón lo noto en el pecho, a veces creo que nazco con ello. Con la goma de mascar que tanto preocupaba en la garganta o en el estómago o en el pecho.  Si algún día me abren comprobarán que tengo una víscera de más.  No me hacía falta.

Una de tantas.

Nunca he sido buena en el silencio. Es una de tantas cosas que yacen en la lista de lo que no se me da bien. La jaula que parecía esfumarse ahora es el recuerdo y las manos una astilla que se incrusta en el dedo corazón.  La culpa sin duda la tienen los hombros, por llevar esta cosa encima  y también que yo no haya aprendido nunca de respirar comer o reírme (desearía que se me diesen mejor estas cosas) pero como siempre, a veces estoy despierta y tengo hambre y otras veces solo quiero dormirme.

Enero.

Semanas raras. Me escucho decir la vida es así y ya está  pero no me escucho. Sigo soñando los pies en caliente.  En la cocina, la cuchara sopera sigue limpia. No toca garganta. De madrugada me parece oírla rogar que me cuide el cuerpo.  Mientras tanto yo, me alimento de esta cosa que me duele y en la casa donde nunca sobraba el pan, ahora la bolsa cuelga con la barra entera siempre.  No rebaño las sopas. Y todo ¿por qué? Me duele la barriga desde diciembre.  Llevo unas semanas raras. Con un vacío que no se nutre, con un agujero que no cierra.  Estoy tentada a enhebrar una aguja y tragármela  y arreglarme como si fuese un pantalón. 

Todas las cosas que soñé.

Soy una manzana. La larva se abre paso hasta el corazón. Come de él. Lo devora.  Soy una pulguita. Salto de la hierba y me enredo en las costuras de un pantalón. Por la noche pico y se dan cuenta. Muero a los dos días.  Soy una gaviota. Primeros con tristeza. Echo en falta el sonido de grandeza, el crujir del pan en las manos viejas, las migas.  Soy una gaviota (otra vez). Segundos con fiereza. Con premeditación y alevosía robo el bocata de un niño que juega en el parque.  Me preparo para ser la mesa de terraza a la intemperie. Tan sola en los inviernos, tan sola. No viene nadie salvo que salga el sol.  Soy todas las cosas en los sueños. Mi piel se barre y se convierte. Paso del acero a la piel de otra persona y así me pongo en el lugar de todos.  Soy todas las cosas en los sueños. Genuina, gentil y afable. Pero también puedo ser mala, tonta, fría y despreciable.  Hoy no sé muy bien quién soy . Puede que sea todas las cosas.  Supongo que por eso m...

Cortar la hierba.

Un pie tras otro, como jugando a ser equilibrista del circo del Sol.  Un pie tras otro y manos al aire.                 No soy consciente de cuánto nos queda por no mirar hacia delante.  Y digo: mi abrigo, ¿qué será de nosotros cuando ya no haya frío? Somos diferentes. Somos tan distintos.