Hay algo que sé.
Ya casi es verano y siento que nada ha cambiado. Que sigo teniendo esa tendencia a tragarme una aguja que me ayude a encontrar el agujero por donde todo se escapa.
Anteayer me tragué accidentalmente un chicle. Me gusta pensar que sigue dentro de mí, pegado a las paredes de mi garganta o de mi estómago,
y que por eso últimamente me siento más dispuesta.
Tolero cada dolor como si viniese del chicle, sino hace tiempo que me habría dado por perdida y me hubiese abandonado como se hace con los animales de compañía cuando ya no se precisa.
No sé qué pretendo con este texto. Quizás reconciliarme con el suelo -que en estos meses lo he tocado mucho- o quizás levantarme y hacer ese papel de madre y darme un beso en la rodilla
a pesar de saber que esta herida tendrá costra.
Pero no ejerzo ninguna de estas funciones. Dejo que se infecte y que supure y que me duela. Y doy de cuenta al chicle cuando me duele de más
y pienso que todo viene de él y que es por eso.
Y mientras tanto sigo, caminando si hay camino y dejando de caminar si todavía está por hacer.
Porque si hay algo que sé es que yo he perdido la esperanza.
Comentarios
Publicar un comentario